Capítulo primero

— Escrito en el barro —

Las milenarias tablillas de arcilla en las que está escrita la epopeya de Gilgamesh son fascinantes y turbadoras. En ellas, cada una de las marcas o incisiones con forma de cuña, que hicieron talentosos y disciplinados escribas, es portadora de significado. Un significado que, curiosamente, emerge del vacío creado con la punta biselada del tallo de una planta. Para poder leer el poema en la versión original hay que ser un verdadero intérprete del vacío; hay que saber descifrar las formas impresas en el barro por unos ancestrales y desconocidos cultivadores de historias.

Hace muchos siglos, los escribas babilonios, armados con frágiles cálamos, crearon sobre pequeñas porciones de tierra húmeda un mundo inédito y, con cada una de las tablillas que se secaba al sol o se cocía en el horno, expandieron la realidad más allá de la materia. Se trata, sin duda, de un hecho decisivo y extraordinario.

El lenguaje oral permite teñir la realidad con significado y valor, pero la escritura, fijada en un soporte material resistente, hace posible que, además, los significados y los valores viajen en el tiempo. Por este motivo, leer el Poema de Gilgamesh nos sitúa en un cosmos mental que, a pesar de emerger y depender de una estructura física transitoria, es irreductible a ella. Resulta asombroso, y parece casi increíble, que una serie de minúsculas hendiduras hechas en la arcilla hace miles de años, sean ahora las humildes cerraduras que nos permiten abrir las puertas que conducen a otra realidad. Pero así es. En esos caracteres cuneiformes impresos en barro vive la historia de Gilgamesh y, con ella, una realidad que no es tierra, ni agua, ni fuego, ni aire. Hablo, por supuesto, de un nuevo tipo de realidad; una realidad que, pese a no ser estrictamente material, forma parte intrínseca de nuestro mundo y le da sentido.

No hay duda de que la dimensión mental de este maravilloso poema está intrínsecamente ligada a la dimensión empírica del lenguaje. Si no se hubieran conservado las tablillas de arcilla en las que los escribas plasmaron el drama vital de Enkidu y Gilgamesh, ahora no sabríamos nada de estos legendarios personajes y, desde luego, todo lo que acabo de escribir no existiría. Pero, también es un hecho indiscutible que la correcta interpretación de la escritura cuneiforme, o de cualquier otro sistema lingüístico, hace que la realidad se expanda más allá de los signos inscritos en la materia. Leer es una manera de acceder a una realidad de significados y valores —y de ideas y visiones del mundo— que están arraigadas en las cosas, pero que nunca se identifican del todo con ellas. La escritura nos recuerda, con su sugerente y rotunda presencia, que tenemos la misteriosa capacidad de trascender los confines de la materia. Sin embargo, este singular viaje requiere siempre de un intenso proceso de aprendizaje que debe estar, desde el primer momento, orientado a hacer que los signos lingüísticos puedan relacionarse, sin grandes dificultades, con un amplio repertorio de realidades. Se trata, en la práctica, de aprender a establecer conexiones entre las palabras, para que así nos permitan dar cuenta de las cosas, de los acontecimientos, de las creencias, de los pensamientos, de las emociones… Hablar y escribir son dos maneras de construir, con signos lingüísticos, un mundo que intenta representar y descifrar otro mundo.

La fascinante paradoja de todo esto es que la realidad que se construye con el lenguaje acaba, tarde o temprano, definiendo los límites y las posibilidades de nuestra comprensión de la realidad. Somos, en este sentido, los privilegiados habitantes y, al mismo tiempo, los singulares prisioneros de un universo lingüístico que está en contacto permanente con una misteriosa «realidad prelingüística» o, si se prefiere, «extralingüística». Dicho de otra manera, mediante sofisticadas redes conceptuales podemos crear variadas interpretaciones de la realidad, y resulta patente que, con cada nueva interpretación, la realidad se hace inteligible de una manera inédita. Recordemos, en este contexto, que la etimología de la palabra concepto nos remite a la acción de agarrar algo y acogerlo en nuestro interior. Por tanto, los conceptos nunca reflejan pasivamente la «realidad prelingüística», al contrario, actúan sobre ella, se apropian de ella y hacen posible, con ella, una realidad diferente: una realidad conceptual, claramente delimitada y llena de sentido. Sin el lenguaje la realidad se puede llegar a vivir, pero no se puede llegar a comprender. Así pues, la realidad es inteligible porque tenemos lenguaje.

Cuando en las primeras décadas del siglo XVII el explorador, músico y poeta Pietro Della Valle copió algunas de las inscripciones grabadas en las piedras de Persépolis reabrió, con su curiosidad, el camino de acceso a una realidad enterrada en silencio desde hacía siglos. Desgraciadamente, ese camino estaba plagado de obstáculos, y tuvieron que pasar muchos años hasta que los enigmáticos signos volvieron a hablar. A lo largo del siglo XVII, y buena parte del XVIII, muchos eruditos creyeron que aquellas curiosas formas, cinceladas en la dura piedra, solo eran dibujos decorativos. Precisamente, esa era la opinión de Thomas Hyde, el reputado orientalista y profesor de Oxford que acuñó la palabra cuneiforme para referirse a las incisiones, en forma de cuña, que se podían ver en las ruinas de las antiguas ciudades del Oriente Próximo. Afortunadamente, las detalladas copias, y las rigurosas investigaciones que más tarde realizaron viajeros como Engelbert Kämpfer o Carsten Niebuhr, contribuyeron de manera decisiva a cambiar ese punto de vista y dieron un nuevo impulso a las iniciativas orientadas a interpretar de un modo más fiable los desconcertantes signos cuneiformes. Por fin, en el año 1802, el joven lingüista Georg Friedrich Grotefend presentó en la Sociedad de Ciencias de Gotinga una monografía con los primeros y prometedores resultados de sus trabajos sobre la escritura cuneiforme. Grotefend demostró, de manera clara, que las inscripciones que Niebuhr había copiado, y estudiado con tanta minuciosidad, pertenecían a un sistema de escritura que se podía descifrar. Poco a poco, una misteriosa lengua, olvidada desde hacía centurias, volvía a la vida y, con ella, se empezaba a hacer visible una realidad que hasta ese momento había permanecido sepultada bajo miles de toneladas de tierra y escombros.

Recuerdo ahora que, durante la primavera del año 2000, mientras elaboraba la propuesta educativa para las visitas guiadas a la exposición «La fundación de la ciudad. Mesopotamia, Grecia y Roma»,[1] tuve la oportunidad de pasar muchas horas contemplando tablillas de arcilla, clavos de fundación, estelas y otros tesoros arqueológicos con inscripciones cuneiformes. En el primer tramo del recorrido expositivo había una serie de vitrinas, empotradas a lo largo de un muro, que contenían diversos objetos relacionados con los rituales fundacionales de las antiguas ciudades de Mesopotamia. Cada pieza se mostraba en su urna como una joya, y eso invitaba a mirarlas con calma y mucha atención. A mí me sorprendía y me admiraba que, en el interior de aquellas vitrinas iluminadas con una luz tenue y evocadora, pudieran habitar, simultáneamente, dos mundos tan diferentes y tan intrínsecamente unidos: el material y el inmaterial. Las tablillas de arcilla, los clavos de fundación y las pequeñas figuras de cobre pertenecían de manera clara a un mundo empírico mensurable y perceptible, pero también formaban parte de una realidad simbólica que trascendía la mera dimensión material. A menudo, me detenía ante una estela —encontrada en el templo de Marduk— en la que el rey Asurbarnipal aparecía representado con un cesto de tierra sobre la cabeza. La elegante figura del rey estaba acompañada por inscripciones cuneiformes que conmemoraban la restauración de un santuario dedicado al dios de las aguas primordiales. Me gustaba mirar aquella singular piedra repleta de caracteres cuneiformes, porque en ella convivían de manera genuina diferentes niveles de realidad; la materia pétrea, la forma artística y los signos lingüísticos. Además, aquella hipnótica obra también permitía vivir en primera persona una reveladora experiencia de incomprensión. Ante ella, uno se daba cuenta de que era imprescindible descifrar el significado de los caracteres cuneiformes para poder acceder a la verdadera realidad que colmaba de sentido la estela. Es decir, aquellas inscripciones, con más de 2500 años de antigüedad —al hacer visibles los límites de mi campo de comprensión—, me ayudaron a dar un salto mental y vislumbrar un inquietante y sugerente camino de pensamiento. Tomé conciencia de que el fenómeno de la incomprensión se podía extrapolar más allá de las paredes de un museo, y que se trataba de una experiencia crucial, que cuestionaba la identificación inmediata entre nuestro horizonte de comprensión y los límites de la realidad. En otras palabras, si bien es cierto que mediante el lenguaje podemos hacer inteligibles muchas cosas y sucesos, la experiencia de la incomprensión nos enseña que, en definitiva, ninguna interpretación lingüística puede dar cuenta de todos los posibles aspectos y dimensiones de la realidad; siempre se nos pueden escabullir facetas muy significativas o algunas características fundamentales. Por lo tanto, creo que lo más honesto es admitir que no está a nuestro alcance demostrar, sin ninguna duda, que toda la realidad sea plenamente inteligible. Sin embargo, sí que estamos en condiciones de afirmar que, mediante la razón y el lenguaje somos capaces de crear interpretaciones reales de la realidad. Así pues, a partir de estas reflexiones es fácil vislumbrar algunas conclusiones sugerentes;

Que la realidad se deja interpretar de muchas maneras diferentes.

Que ninguna interpretación o sistema de interpretaciones da cuenta de toda la realidad.

Que los repertorios de interpretaciones que hacen inteligible la realidad, al mismo tiempo, fijan los límites de nuestra comprensión.

Que la experiencia de la incomprensión es decisiva para poder pensar.

Que hay que crear nuevas interpretaciones para poder comprender lo que no se logra entender con las interpretaciones vigentes.

Que las interpretaciones tienen su propia realidad.

Que ninguna interpretación, lógicamente, puede ser idéntica a la realidad que pretende interpretar.

En resumen, el fenómeno de la incomprensión, llevado al extremo, hace que sea razonable postular la existencia de una realidad previa a cualquier interpretación.

 

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[1] «La fundación de la ciudad. Mesopotamia, Grecia y Roma». La exposición, comisariada por Pedro Azara, se pudo visitar en el CCCB entre el 6 de abril y el 23 de julio del año 2000.